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Carlos Vermut: Una Vieja Forma de Hacer Cine

Corría la 29º edición de los premios Goya, era 7 de febrero de 2015 y el cine español estaba celebrando haber firmado un tratado de paz con su público, llegó la reconciliación entre las películas de nuestro país y los espectadores –al margen de los ‘Torrente’– pero, ¿qué vieron los espectadores? Espectadores y Academia laurearon a las tres grandes películas de ese año: ‘La Isla Mínima’ de Alberto Rodríguez –con diez Goyas y más de 7 millones de euros de recaudación–, ‘El Niño’ de Daniel Monzón –con cuatro estatuillas y 16 millones– y ‘Ocho Apellidos Vascos’ de Emilio Martínez Lázaro que, con tres estatuillas a sus cuatro actores y la friolera de 56 millones de euros de recaudación fue, sin duda, la verdadera ganadora –no ya de la noche, sino del año–. Pero, ¿eso fue todo? No es casualidad que las tres películas estuvieran subvencionadas por dos televisiones –Atresmedia en el caso de la cinta de Rodríguez y Mediaset en los otros dos–, sin embargo esa noche –y ese año– hubo mucho más cine, en concreto una cinta que, a pesar de contar con el reconocimiento de la crítica, no contó con el de los académicos. Hablamos, sin duda, de Magical Girl. De los siete Goyas a los que estuvo nominada –entre ellos: película, director y guion– solo se llevó a casa la estatuilla una soberbia Bárbara Lennie en el mejor papel de su carrera. Pero, para aclarar con más detalle por qué aquella película, y muy especialmente su director y guionista, mereció más reconocimiento hay aclarar cómo es el cine de Carlos Vermut y por qué es especial y, después de haberlo hecho juzguen, si lo tienen a bien, lo que pasó aquel 7 de febrero y por qué.

Carlos Vermut empezó su carrera como historietista, ganó el premio Injuve trabajando para El Mundo, cuatro nominaciones en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona con su primer trabajo en solitario y, después, lo que ganó gracias a su creación para TVE, ‘Jelly Jamm’, lo invirtió en realizar su primer guion cinematográfico: ‘Diamond Flash’. Con una base clara procedente del mundo del cómic, compuso una historia tan compleja como perturbadora que obtuvo varios premios y el reconocimiento de la crítica. Su modelo de producción y distribución fue especialmente arriesgado, cansado de ir de productora en productora para que le compraran la idea, cogió sus ahorros y se la autofinanció y, posteriormente, la estrenó directamente online en la plataforma Filmin, en la que consiguió remover al público asiduo al mencionado catálogo. La historia posterior ya se conoce, ‘Magical Girl’, una de las películas más interesantes del cine español de nuestro tiempo, consiguió premios en diversos festivales y dejó boquiabierta a gran parte de la crítica. Pero, ¿por qué?

© Dibbuks

© Dibbuks

Las historias de Carlos Vermut tienen, ya desde la base de guion, ciertas particularidades. Su necesidad de retratar historias tan perturbadoras como humanas supone el pilar de sus guiones donde las vidas de varios personajes se van entrelazando poco a poco, pieza a pieza, puesto que, como se deja más evidente en su segundo film, sus personajes son piezas de un puzle que hay que ir formando conforme avanza la trama. Y, por supuesto, al final todo encaja. En este sentido ‘Magical Girl’ supone una vuelta de tuerca a ‘Diamond Flash’ en tanto que, además de componer un puzle, las líneas temporales se repiten e intercalan para hacer una cinta aún más humana. Las historias y las acciones de los personajes no ocurren en el momento adecuado, tal y como Hollywood y el cine ‘blandito’ quieren hacernos creer, las vidas se solapan, dos personas actúan a la vez aunque no estén en el mismo plano, por lo que hay que contar el mismo lapso de tiempo desde dos puntos de vista distintos. Por otro lado, y muy enlazado con esta idea de la idoneidad en otros estilos cinematográficos, Vermut tiene una filosofía de la espera muy marcada en sus dos películas. La espera en el sentido de poner un plano fijo a grabar, dejar al espectador que se deleite durante unos segundos de las escenografías y los escuadres sumamente cuidados y, después, la aparición de los personajes, la verdadera acción de la escena. El madrileño propone así un cine contemplativo con un ritmo muy particular –para nada excesivamente lento– en el que los espectadores tenemos tiempo para respirar, no se trata de vivir la película, sino de disfrutarla, de saborearla con los cinco sentidos. Y este, a mi juicio, es uno de los grandes problemas del cine contemporáneo, poco a poco se está perdiendo la capacidad de ir a ver una película simplemente para observarla. Cada vez tendemos más a emociones cargantes con actuaciones exageradas, tiroteos por doquier o criaturas que descabezan a una población en cuestión de segundos. Respecto a esto hay que decir que el cine de Carlos Vermut es, simple y llanamente, bonito, estético, meditado. Aquí, la escenografía es uno de los elementos de los que mejor se sirve para el efecto: planos completamente simétricos, divididos en tres, encuadres donde la acción sucede muy al fondo del plano, etc.

© Psicosoda Films

© Psicosoda Films

Las actuaciones de sus películas son comedidas, los actores sienten hacia adentro, no hay necesidad de verbalizar lo evidente. Sus cintas necesitan del espectador una participación activa que rellene los sentimientos que ponen a nuestro servicio sus –excelentes– actores, así como la historia. Lo que hace grande al cine desde sus inicios es su capacidad de mostrar, pensemos, por ejemplo, en todos los significados que se pueden encontrar en cualquier plano de Alfred Hitchcock, cómo es su escenografía, como esta refleja el interior del personaje, cómo es la luz, el encuadre… el inglés se servía de todos los instrumentos que el cine ponía a su disposición y los utilizaba para transmitir emociones muy concretas. Vermut, a quién no estoy comparando directamente con el maestro del suspense, intenta recuperar esa capacidad del showing renunciando a escenas redundantes o conversaciones expositivas. Un elemento de su estilo que pudiera contradecir, a priori, esa superposición de mostrar sobre contar, es la importancia del fuera de campo en sus películas. Los encuadres tienden –curiosamente– a no mostrar muchos de sus momentos más importantes, lo que requiere, de nuevo, de ese plus, eso que el espectador ha de imaginar, ¿acaso esa no es otra de las virtudes del cine, sugerir? En estos momentos, el discurso sonoro cobra especial importancia prevaleciendo sobre la imagen.

© Avalon Distribución Audiovisual

© Avalon Distribución Audiovisual

Otro de los elementos interesantes a destacar de su cine es la forma tan brutal, y particular a la vez, de grabar las escenas de violencia. Estas escenas se caracterizan por la ausencia total de efectos –más que el propio disparo en caso de utilizar una pistola–, o de música, lo que da una sensación tan cruel como real, las escenas de violencia son los momentos en los que el lado más descarnado de un ser humano sale a la luz, y eso no necesita banda sonora, se muestran –en el plano del sonido– como la vida misma, sin anestesia. Por contraposición, muchas de estas escenas –especialmente en ‘Magical Girl’– ocurren fuera de campo, rodeadas de un silencio ensordecedor, de un halo maquiavélico que deja al espectador sin respiración sin necesidad de mostrar nada –recordemos cómo utilizaba, por ejemplo, este recurso Lázló Nemes en la sobrecogedora El Hijo de Saúl. Por último, hay un uso magistral de España como país exótico, con una visión casi extranjera que, a la vez, demuestra un conocimiento muy conciso de cómo funcionan las cosas aquí, centrándose en nimiedades –que si bien pueden ser extrapolables, no son tan evidentes como en los discursos binomiales de Álex de la Iglesia, por ejemplo–.

En definitiva, el cine de Vermut es lo que el cine debería ser, un compendio de referencias multidisciplinares, un campo donde convergen la historia, la luz, el encuadre, el sonido, los personajes…, un lugar donde muchos elementos tienen cabida y han de ser explotados. Y, ahora, ahí dejo la reflexión, ¿mereció algo más ‘Magical Girl’ aquel 7 de febrero?

© Avalon Distribución Audiovisual

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Acerca de Laura Pacheco (29 Artículos)
Adicta a las series, al cine y a los viajes. Soy un desastre ordenado.

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