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Fresas Salvajes

‘El gran adiós’

Dirección: Ingmar Bergman | Guion: Ingmar Bergman| Reparto: Victor Sjöström, Bibi Andersson, Ingrid Thulin, Gunnar Björnstrand, Jullan Kindahl | Fotografía: Gunnar Fischer | Música: Erik Nordgren | Año estreno: 1957

Pocos autores en la historia del cine han conseguido reflejar con tanta precisión aquello que atormenta y define el alma humana como Ingmar Bergman. No sería ninguna locura afirmar que el año 1957 supuso la cima creativa de este autor sueco, ya que estrenaría la que probablemente sea la obra de referencia a la hora de hablar de su cine, ‘El Séptimo Sello’. Pero lejos de pararnos a hablar de dicha obra, en esta ocasión quiero centrar el foco sobre ‘Fresas Salvajes’, que además de compartir año de estreno con respecto a la mencionada anteriormente, forma igualmente parte de las mejores películas realizadas por uno de los grandes directores que ha conocido el séptimo arte. Una maravillosa reflexión sobre la vejez, el paso del tiempo, la familia y como no podía ser de otra forma tratándose de Bergman, la muerte.

El profesor Isak Borg (Victor Sjöström) va a ser investido Doctor Honoris Causa por su Universidad, lo cual supone un gran honor y reconocimiento a toda su carrera. Tras un pertubador sueño premonitorio sobre su propia muerte, el anciano académico emprenderá un viaje en coche acompañado por su nuera Marianne (Ingrid Thulin), la cual acaba de abandonar su casa tras discutir con su marido e hijo de Borg. La presencia del personaje de Marianne resulta fundamental, en tanto que ejerce de una especie de brújula moral y enlace con la realidad para el personaje protagonista, cuya única conexión aparente con el mundo en los últimos años se encuentra en la figura de su ama de llaves Agda (Jullan Kindahl) –la cual en cierto modo ejerce el rol de esposa tras el fallecimiento de la verdadera años atrás-. Aunque se encuentra perfectamente secundado por ambas figuras femeninas, las cuales realizan sendas interpretaciones de altura, resulta obligado poner el foco en el trabajo de Victor Sjöström. En primer lugar hay que resaltar que su carrera se prodigó principalmente detrás de las cámaras, siendo la mayoría de sus películas como director mudas. Sin embargo, eso no es impedimento para que componga una brutal composición interpretativa a la altura de los más grandes. Su capacidad para transmitirnos esa dualidad entre el petulante académico cansado del resto del mundo y el anciano nostálgico de la sencillez y armonía de su infancia, hacen de su personaje uno de los mejores aparecidos en toda la filmografía de Bergman.

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© Chamartin Producciones

Durante el trayecto que compone la historia, el dúo circunstancial hace una parada en la casa de verano de la infancia del profesor Borg, lugar que ejerce de ancla emocional de todo el metraje. Las ensoñaciones -en parte recuerdos de la niñez de Isak, en parte profecías y alegorías de la muerte cercana y la juventud perdida- giran de manera mayoritaria en torno a su prima Sara (Bibi Andersson), su primer y puede que verdadero amor. Porque si hay una idea que planea sobre toda la cinta además de las comentadas anteriormente, es la sensación de vacío que le genera al protagonista toda su vida posterior a cuando comprendió que aquel amor inocente y puro nunca sería correspondido. Como si todo aquello vivido con posterioridad solo fuese un dique que le impidiese derrumbarse ante el dolor y el desasosiego. Conforme pasan los minutos la falta de empatía inicial que provoca el soberbio erudito, va dejando paso a la conexión inevitable con el hombre sentimental que en el final de su vida solo busca estar en paz con aquellos que lo rodean y consigo mismo. A ello ayuda de manera decisiva el encuentro con los jóvenes autoestopistas, que ejercen de alguna forma de la última pieza del encuentro intergeneracional que se produce durante el trayecto en coche. Su presencia permite no solo relajar el ambiente enrarecido que se genera entre Borg y su nuera, sino aportarle al anciano un aire más desenfadado al recordarle uno de los jóvenes a aquel amor que creía olvidado. También es clave el momento en que paran en la gasolinera de un pueblo en el que trabajó como médico durante un tiempo, un momento en el que conecta con la sencillez y elementos tan puros como el agradecimiento honesto por sus antiguos servicios prestados.

La llegada a la universidad y la propia ceremonia acaban siendo la culminación de un proceso de catarsis, en el que el espectador es testigo de cómo el homenajeado alcanza esa paz con aquellos que forman parte de su vida y de manera especial con los que la compartieron en el pasado. Uno no puede evitar sentir hasta cierto alivio con la escena final, sintiendo como plena y propia esa tranquilidad final que el otrora pedante profesor alcanza al abrazar completamente la verdad de sus sentimientos y el valor de sus recuerdos. Porque el mensaje final que nos transmite Bergman, es que incluso un hombre tan rígido y frío en apariencia como Borg puede encontrar su lugar en el mundo y dejar un rastro de dicha en aquellos que han compartido su existencia. Y ante todo, que en muchas ocasiones es en las cosas más sencillas en las que se esconde la verdadera felicidad.

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© Chamartin Producciones

Acerca de Samuel Martín (51 Artículos)
Cinéfilo hasta la médula, disfruto por igual una película de autor que la cinta más palomitera. ¿El único requisito? Que merezca la pena hablar de ella

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