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Mis Mujeres Preferidas: Mad Men (Parte 1)

Me encantan las mujeres por encima de todas las cosas. Me gustan más que al propio Don Draper. Y como de Don ya se han llenado muchas páginas de amor-odio, ahora yo quiero reivindicar al verdadero sexo protagonista de ‘Mad Men‘. Aunque ya hace tiempo que la serie de los publicistas terminó, es una de esas imprescindibles que pueden revisionarse una y otra vez. Así que si no la has visto y estás leyendo esto, voy a hacerte spoiler.

El caso es que de nuevo estoy descubriendo a esas mujeres que son la base del mundo de hombres trajeados en el Manhattan de los 60, y voy a rendirles mi homenaje. Estas son mis mujeres preferidas de ‘Mad Men‘:

Merece encabezar esta lista Joan, por supuesto. Christina Hendricks es la explosiva pelirroja que me roba el corazón desde la primera vez que la vi. Precisamente sus curvas son a la vez su mejor arma y su condena. Joan encarna el problema de hacerse respetar por su físico. Aunque es una profesional eficiente e impecable, frecuentemente tiene que lidiar con comentarios obscenos, con situaciones en las que se la cosifica, clientes que eligen la agencia por tratar con ella. Las conversaciones de ascensor con Peggy muestran con frecuencia a una Joan amarga, consciente del handicap que le supone su físico.

Joan es el canon de belleza por excelencia, es el cuerpo de Marilyn, es la Gracia de Rubens y es el fuego de lo prohibido representado en su siempre perfecto pelirrojo. Es sexy, lo sabe, y sabe que es ahí donde reside su poder. Es la mejor haciendo su trabajo, pero tiene que hacerse valer detrás de unas curvas de infarto y una cara perfecta. Por ello recrimina a Peggy que despida a un creativo que la humilla sexualizándola. Joan sabe que tiene el poder y que podrá vengarse en un futuro, hacer que un ejecutivo eche a un creativo la coloca a ella en la posición de chivata, y a la ejecutiva en la posición de amargada. 

Joan y los hombres… esa relación imposible con Roger que la quiere como a nadie, ese valiente coraje para cerrarle la puerta al doctor Harris, después de haberle perdonado incluso una violación en la oficina y la cosificación para ningunearla delante de sus amigos médicos y sus señoras. Joan deja de ser una muñequita, y le pone las cosas claras a su marido: en el matrimonio las decisiones se toman entre dos y si te importa más irte de voluntario a una guerra para sentirte hombre no esperes que tu mujer y tu hijo te esperen a la vuelta, aunque no lo consiguen.

Brava Joan.

© AMC

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Mientras que a Joan se le abrieron las puertas laborales gracias a su físico, Peggy (Elisabeth Moss) lucha por hacerse hueco en un mundo en el que una mujer “normal” es insignificante. Amargada no es el único calificativo que se usa para describir a Peggy en un contexto en el que el insulto despectivo hacia la mujer es una broma de hombres, y no una ofensa a un igual. La falda entre los pantalones… pobre Peggy, pero menuda evolución. Después de ver cómo se las gasta Draper con sus secretarias, Peggy es aún más digna de admirar. Porque así empieza la tímida Peggy su relación con Don, como una secretaria que cree que parte de su trabajo es acostarse con su jefe. En la primera temporada, cuando Don la rechaza, aún no sabemos el desfile de chicas que nos esperan en la mesa ante el despacho del señor Draper. Pero Peggy es espabilada, y pronto su ambición le consigue éxitos y seguridad.

Gracias Peggy. Gracias a todas las Peggys del mundo: de los 60, de Estados Unidos, de la publicidad y de cualquier industria. Las mujeres de hoy os debemos lo que somos. Es un orgullo personal ver a Peggy plantarle cara a Don, ser la única mujer capaz de decirle cuatro cosas mal dichas y a la vez ser la mejor valorada por su jefe. Es un ejemplo ver a Peggy negándose a cambiar sus propuestas porque un creativo le diga que sabe más que ella porque “es hombre y lleva más tiempo” y que “lo que las mujeres quieren es casarse”. Es motivador ver a Peggy relacionarse con otra gente, con otro ambiente más alternativo, intentar entrar en el mundo de los hombres en el que las reuniones se cierran en un club de chicas y asumir que se siente más cómoda en ambientes juveniles, experimentando con drogas, saliendo con lesbianas y siendo esa clase de chica que su madre jamás perdonará. Sobre todo después de que le diese la espalda a la iglesia e iniciase su transformación tras tener el bebé de Pete Campbell. Pero para tratar temas psicológicos mejor escribir algo aparte, que también lo merecería.

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En Betty (January Jones), en cambio, veo lo opuesto a Peggy. Betty es la Barbie perfecta, monísima ella, con un armario increíble. Es la mujer a la que lucir, la madre a la que encargar el cuidado de los niños, que se entretiene en tejemanejes de ama de casa aburrida y sin vida. Y por ello se ve en el derecho de opinar sobre la de los demás. 

Vale, Betty lo pasa mal porque Don le es infiel. Ella quiere cerrar los ojos, creer que nunca pasa nada. Pero Betty es una niña pequeña en un cuerpo de mujer. Con el peligro que conlleva, además, el tener tres hijos a su cargo a los que educar. ¿Pero en qué valores? 

Podemos empatizar con Betty fácilmente para intentar entender un poco más el porqué de su personalidad. Y precisamente por ello, a mi su personaje me parece un cliché: la típica ama de casa aburrida, que flirtea fantaseando con aventuras, estricta con su hija a la que educa con castigos y severidad, sin argumentos sólidos… Betty es la mujer odiosa. Y precisamente por eso “justificamos” a Don: es infeliz con ella y eso hace que le sea infiel. Error de manual. Don puede ser el hombre más infeliz del mundo, pero eso no le da derecho a engañar a Betty. 

Ni siquiera tras el divorcio y casarse con Henry está feliz. El problema de Betty no es Don, es ella misma. Y por eso cuando va a ver a la psiquiatra de Sally parece que es ella quien necesita la terapia. Madura, Betty, el mundo es cruel ahí fuera. Y despierta: las mujeres no son princesitas inválidas en sus castillos de color de rosa, esperando a sus perfectos hombres con una rica cena. La felicidad no está en una noche en un hotel caro, una cena en un restaurante de lujo en la ciudad. Búscala en ti misma, querida, y deja de hacernos daño a las mujeres reales.

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No me vengo más arriba con Betty porque ahora sí que quiero hablar un poquito de una mujer real: Helen Bishop (Darby Stanchfield). Al principio de la serie toma un papel interesante, pero desaparece por la mala relación con Betty. 

Helen es la divorciada estigmatizada, ¡qué horror! ¿Cómo va a poder ella sola sacar adelante a un niño y un bebé, teniendo que trabajar fuera, sin un hombre? Pues con las dos manos que tenemos todas, que nos arremangamos y que nos sacan adelante en todos los momentos de la vida. Querida Helen, un divorcio en los 60 en un barrio posh lleno de amas de casa aburridas y con unos maridos que compiten entre sí por ver quién la tiene más grande no es un entorno en el que te vayan a tratar muy bien. Parece mentira pensarlo hoy en día, pero hace apenas 50 años si decidías que estabas harta de que te pusieran los cuernos, se gastasen el sueldo en alcohol, se te acababa el amor, o peor, tenías que soportar las frustraciones de tu marido recibiendo sus golpes, encima te condenabas a ti misma.

Bendita sociedad que avanza, sin prisa pero sin pausa, y nos enseña que no tenemos por qué aguantar a nadie con quien no queramos compartir nuestra vida. Helen es una de esas mujeres pioneras, valiente, que decide dar un paso adelante y posicionar a su género para estar un poquito más cerca de la igualdad.

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Aunque Helen no es la única mujer adelantada a su tiempo. El personaje mas cándido y noble de ‘Mad Men‘, desde mi punto de vista, es Anna Draper (Melinda Page Hamilton), el paradigma de Don. Anna es la amiga de verdad que a todo hombre le hubiese gustado tener. Estamos en una época y en una sociedad en la que la relación entre un hombre y una mujer es una relación de poder, de dinero, de cosificación y de infravaloración de la mujer. Por eso el personaje de Anna es tan puro. Es la única mujer capaz de sacar un lado humano realmente puro de Don, que nos enseña esa cara que tan poco saca a relucir en el poliedro de su personalidad.

Tras volver de la guerra, consiguiendo escapar por intercambiar su chapa identificativa, Dick se convierte en Don sin pensar en qué consecuencias puede eso conllevar para la familia del verdadero Don Draper. Anna Draper era la esposa de Don, que lo busca y lo descubre. Gracias a ella conocemos realmente quién es Don Draper.

Anna podría haber ido a la policía y haber denunciado a Dick por suplantar la identidad de su marido o, lo que es peor, por deserción, un crimen que ha de ser juzgado por un tribunal militar. A ver quién es el guapo que se planta ante un tribunal militar a explicar que la explosión en el barracón fue la oportunidad de salir de la guerra, de iniciar una vida nueva, de romper con un pasado triste y devastador. Puedo entender el punto de inflexión de Dick. 

Y al igual que lo puedo entender yo, Anna se da cuenta de que buscar venganza no va a devolverle a su marido muerto; mientras que permitir el nacimiento de una nueva persona puede convertirse en una bonita amistad. Anna hace el bien, vive y deja vivir. Es feliz con el drama de su vida, que tampoco es fácil. Su personaje está abocado desde que lo conocemos a un final trágico. Lo mas trágico para mi fue sin duda que Sally, Bobby y el pequeño Gene no llegasen a tiempo de conocerla en persona. 

La amistad que Anna y Don se profesan es tan pura que Betty no podría haberla entendido jamás. Una niña grande y superficial no habría soportado jamás que su marido alcanzase ese nivel de complicidad con otra mujer, sin necesidad de componente sexual de por medio. Anna es el ejemplo de que en la vida hay buenas personas y malas personas; y que por encima del sexo de las buenas personas, está la relación humana. 

Se me rompe el corazón la última vez que Don sale por la puerta y se despide de ti, Anna, sabiendo que no volverá a verte con vida. Se me rompe el corazón la noche que retiene a Peggy en la oficina con excusas para no quedarse solo y tener que hacer esa llamada que le confirmará que has muerto. Eres la humanidad que calma esa ansiedad enfermiza de Don. 

Pero Don es un animal consumidor de mujeres, y son muchas más las que tienen una relevancia especial en su vida. Por ello preparo una segunda entrega de Mis Mujeres Preferidas: Mad Men.

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Acerca de Irene Jiménez (6 Artículos)
Leo libros. Veo películas. Me monto historias.

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