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El Hijo de Saúl

‘La inocencia nos tapaba los ojos’

Dirección: Lázló Nemes | Guion: Lázló Nemes y Clara Royer | Reparto: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn | Fotografía: Mátyás Erdély | Música: Lázlo Melis | Año de estreno: 2015

Que se haya estrenado una película sobre el holocausto no es precisamente una novedad. Incontables películas sobre el tema abordan la cartelera sin remordimientos y se hacen auténticas barbaridades a nivel histórico como ‘El Niño con el Pijama de Rayas’ o la edulcorada ‘La Vida es Bella’, dos películas para aquellos que necesitan la visión americana con exceso de positividad incluso hasta en el peor capítulo de la historia de la humanidad. Por suerte, los que tengan 9 horas libres y les interese el tema, siempre pueden acudir al documental por excelencia y completamente irrepetible, el tributo a las verdaderas víctimas que Claude Lanzmann tituló ‘Shoah’ (“aniquilación” en hebreo), donde la narración y la ausencia de música sobrecoge de tal manera que no deja espacio para otra cosa que la reflexión sobre la raza humana. Si bien no se dispone de tantas horas, la canónica ‘La Lista de Schindler’ siempre estará ahí para el espectador medio –no obstante, siendo americana, no es ‘La vida Es bella’–. Si lo que se busca es una visión europea, el alma atormentada del realizador Roman Polanski nos dará su visión sobre la soledad del judío en ‘El Pianista’, podemos encontrar la historia de amor en ‘The Reader’ o buscar la contundencia en ‘La Zona Gris’ e incluso acudir al biopic con ‘Hannah Arendt’, pero si lo que buscamos es una película sobre la verdad del holocausto, sin grandes aspavientos, dejando paso a la cotidianeidad de aquella masacre, no hay otra opción, hay que ver ‘El Hijo de Saúl’.

La primera secuencia de la película, de unos cinco o diez minutos, acaba con una pantalla en negro y el título de la misma con un silencio sepulcral dilatado. Es necesario. El espectador necesita tragar el nudo en la garganta que Lázló Nemes, director y guionista, acaba provocarle mostrándole sin enseñarle. Es pura magia que no sea necesario que el espectador vea con sus ojos la dureza para que llegue a sentirla con el corazón. El húngaro nos ha dado una lección de cine, para esto lo hacemos, en esto confiamos los que queremos hacer cine, no necesitamos la sangre para saber que hay una herida porque ésta, más allá de situarse en un cuerpo, lo hace en la historia, en los antepasados del propio director –judíos asesinados–, y no necesita enseñarte la herida para que te duela a ti mismo como espectador. Nemes juega contigo, con tus sentimientos y con lo que ves y no ves en la película, seleccionando permanentemente el espacio para el espectador y, casi en el 90% de la cinta, lo que hay en cuadro no es más que Géza Röhrig, un actor retirado para entregarse a la escritura, al que el guion le sobrecogió tanto que aceptó la oferta de Nemes para interpretar el mayor papel de su carrera.

© Sony Pictures Classics

© Sony Pictures Classics

Saúl es un Sonderkommando, un judío retenido en un campo de concentración encargado de quemar los cadáveres que la cámara de gas escupe sin ton ni son diariamente. Un día, se encapricha del cuerpo de un niño al que siente la necesidad de darle el último adiós de forma digna, incluso por encima de su propia vida. Poniendo en riesgo a sí mismo y a sus compañeros, Saúl afronta el reto de sacar el cadáver de la fortaleza en la que se consume día a día y es entonces cuando la película nos muestra la cara más cotidiana del peor de los infiernos. Paso a paso, como si de una cadena de producción se tratase, la película nos va a ir enseñando –siempre jugando al desenfoque– qué pasaba con un cuerpo desde que era reclutado hasta qué ocurría con las toneladas de cenizas que se producían diariamente.

Para contar una historia de tal calado y hacerlo de forma tan magistral –la academia ha sabido reconocerlo nominándola al Óscar a mejor película de habla no inglesa– no hace falta un trípode, el uso de los elementos tanto técnicos como artísticos está justificado hasta sus últimas consecuencias, y si la barbarie humana no se apoyó en ningún argumento válido para cometer semejante atrocidad, Nemes no va a apoyar la cámara para hacerle la visión más cómoda al espectador. “Nosotros hicimos eso”, parece decir, ya no vale volver la cara a lo ocurrido, ya es inútil señalar con el dedo para decir que “fueron ellos”, lo hicimos nosotros, todos y cada uno de nosotros somos responsables, pues el nazismo no fue cuestión de razas, sino de humanidad y Nemes compone una sinfonía de perdedores, muertes y barbarie para recordarnos lo que hicimos y que no se pierda en el recuerdo de entre tantos “buenos días princesa”, porque es muy fácil olvidar aquello que no vivimos e igual de simple sería también quedarnos con la idea de que un niño hijos de nazis y otro de un campo de concentración pueden ser amigos a través de una valla, pero ya se encarga el húngaro de apuntarnos que, en aquel momento, hasta la inocencia de un niño estaba perdida entre tanta atrocidad.

© Sony Pictures Classics

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Acerca de Laura Pacheco (29 Artículos)
Adicta a las series, al cine y a los viajes. Soy un desastre ordenado.

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